ICONIC ARCHITECTURE: Museo de la Segunda Guerra Mundial en Gdańsk
Fecha de publicación: 03.09.2026
Esta es una traducción revisada del texto original de Anna Domin
No todos los iconos arquitectónicos se crean para deslumbrar. Algunos existen, ante todo, para invitar a la reflexión. Desde su concepción, el Museo de la Segunda Guerra Mundial de Gdańsk fue ideado como un edificio que dice poco, pero deja una huella profunda en la memoria. Más de tres cuartas partes de su superficie se esconden bajo tierra, mientras que su característica torre inclinada se ha convertido en uno de los símbolos contemporáneos más reconocibles de la ciudad. ¿Cómo nació este proyecto que revolucionó la forma de concebir los museos de la memoria y por qué, casi una década después, su autor no cambiaría la forma del edificio, sino la manera de recorrerlo?

Gdańsk es una ciudad polaca donde la historia del siglo XX comienza y termina a escasos kilómetros de distancia. Aquí, en la península de Westerplatte, se ejecutaron los primeros disparos de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. Décadas después, en los mismos astilleros visibles desde las ventanas del actual museo, los trabajadores fundaron el sindicato Solidaridad, que impulsó la caída del comunismo en Europa Central. Pocas ciudades cargan con el peso de dos acontecimientos tan decisivos.
Junto al canal Radunia, en 2017, se inauguró el Museo de la Segunda Guerra Mundial. Desde el primer día, sus arquitectos lo describieron como un “edificio silencioso”. Hoy, esta construcción dedicada a uno de los capítulos más complejos del siglo XX se ha convertido en un icono de la ciudad, reemplazando en cierta medida a símbolos históricos más evidentes de Gdańsk. Es una prueba de que un icono arquitectónico contemporáneo no necesita ser fácil ni rápido de interpretar para permanecer en la memoria.


El edificio fue diseñado por el estudio de arquitectura Kwadrat, con sede en la región de Triciudad, bajo la dirección del arquitecto Jacek Droszcz. El estudio ganó en 2010 un concurso internacional al que se presentaron propuestas de decenas de países. La idea ganadora se basaba en una decisión aparentemente paradójica: para crear algo monumental, era necesario descender bajo tierra. Más del 75 % del programa funcional, incluida toda la exposición permanente, se situó catorce metros por debajo de la plaza. Sobre la superficie quedaron únicamente algunos elementos arquitectónicos simbólicos, especialmente la torre inclinada de más de cuarenta metros de altura, visible hoy desde casi cualquier punto del casco histórico.
Esta forma inclinada no pretende representar nada concreto; fue una decisión deliberada de los arquitectos. Bazyli Domsta, uno de los coautores del proyecto, recopiló en su cuaderno las asociaciones que los visitantes hacían con la torre: para algunos era un barco que se hunde; para otros, un proyectil clavado en la tierra o un edificio inclinado por una explosión. Iluminada por la noche, también ha sido interpretada como una llama votiva. Los arquitectos la definieron como una “forma desnuda”, una estructura que cada observador completa con su propia interpretación. Sin embargo, esta envolvente escultórica es solo la parte visible desde la plaza. La decisión de construir bajo tierra respondía también a razones funcionales que pueden pasar desapercibidas al observar únicamente la volumetría exterior. El edificio se emplaza en una parcela estrecha situada entre dos cursos de agua. En ese contexto, profundizar en el terreno resultaba más lógico que crecer en altura. Esta decisión permitió a los arquitectos no solo resolver un problema espacial, sino también organizar las funciones de manera precisa.
La sala de cine, con 114 asientos y una pantalla de casi nueve metros de ancho, se encuentra en el nivel -3 y no necesita luz natural. Junto a ella se ubica una sala de conferencias de más de 500 m2, con capacidad para 303 personas y equipada con escenario teatral, que tampoco requiere iluminación diurna. Por el contrario, el restaurante y la cafetería se sitúan en la parte más alta de la torre, donde la luz natural y las vistas forman parte esencial de la experiencia. Desde allí se disfruta de una panorámica excepcional de Gdańsk. El edificio concede a cada función exactamente aquello que necesita. Es un principio que resulta fácil reclamar en la arquitectura pública, pero mucho más difícil de materializar.


Conviene destacar que enterrar gran parte del edificio constituyó el mayor reto técnico de toda la obra. El elevado nivel freático obligó a los ingenieros a diseñar la parte subterránea como una gran “cubeta” impermeable, protegida por muros pantalla de un metro de espesor. La excavación se realizó mediante el método denominado excavación seca, una técnica que nunca antes se había aplicado en Polonia a semejante escala. La fachada, formada por paneles de hormigón colocados de manera asimétrica y teñidos con una tonalidad que recuerda al ladrillo, se instaló sobre una compleja subestructura de acero. La inclinación de los muros, que alcanza los 56º, exigió además un sistema específico para absorber movimientos y deformaciones que una fachada convencional no habría podido soportar. El edificio que desde el exterior parece un simple gesto arquitectónico es, en realidad, el resultado de cientos de decisiones de ingeniería invisibles para el visitante.
Desde la perspectiva que ofrecen casi diez años de funcionamiento, Jacek Droszcz no considera necesario introducir cambios fundamentales en el proyecto arquitectónico. Según explica, todo edificio revela con el tiempo tanto sus fortalezas como sus debilidades, y la valoración de unas y otras depende siempre de la mirada retrospectiva. Sin embargo, existe un aspecto que hoy mejoraría: no la forma del edificio, sino la manera en que las personas se orientan y se desplazan por él. Se refiere principalmente a la señalización y la comunicación visual, así como a una adaptación mejorada de estos sistemas para personas con discapacidad. En su opinión, estos elementos pueden evolucionar conforme avanzan los estándares de accesibilidad, sin necesidad de alterar el concepto arquitectónico original. Resulta significativo que, con el paso de los años, el autor del proyecto no se centre en la forma ni en la organización espacial del edificio, sino en la calidad de la experiencia de los usuarios. Son precisamente estas experiencias las que más cambian a medida que evolucionan los modos de utilización de los espacios públicos.


La misma sensibilidad hacia el usuario que Droszcz identifica en la señalización también se extiende hoy al espacio urbano que rodea el museo. Los cambios más importantes previstos para el Museo de la Segunda Guerra Mundial ya no afectan a la arquitectura del edificio en sí, sino a la plaza que lo rodea. Ya existe un proyecto de remodelación cuyo objetivo es, en palabras del propio arquitecto, “humanizar” este espacio mediante la incorporación de más vegetación, árboles, zonas de sombra y una mejor accesibilidad. Se trata de una respuesta natural a las necesidades cambiantes de los ciudadanos, sin intervenir en la arquitectura original.
El jurado internacional del concurso de 2010, del que formaba parte Daniel Libeskind, autor del Museo Judío de Berlín, consideró que el proyecto tenía la capacidad de situarse junto a los grandes símbolos históricos de Gdańsk: la Basílica de Santa María, la Grúa medieval (Żuraw) y la Armería (Zbrojownia). Durante siglos, estos edificios han definido el perfil urbano de la ciudad. El Museo de la Segunda Guerra Mundial se unió a ese grupo en apenas una década, a pesar de abordar un tema asociado no al orgullo, sino al dolor. Quizá ahí resida precisamente su singularidad: ha alcanzado el estatus de icono urbano sin ofrecer nada fácil a cambio. Su fuerza no proviene del espectáculo, sino de su capacidad para mantener viva la memoria y provocar reflexión.

Todas las imágenes: © Tomasz Kurek