El color influye
Fecha de publicación: 27.05.2025
Este artículo es una traducción de un artículo de Barbara Jahn
La neuroarquitectura es una disciplina que estudia la capacidad del espacio que nos rodea para comunicarse con nuestro cerebro, influyendo en percepciones y emociones.
Puede parecer bastante inusual cambiar la forma de pensar sobre la arquitectura teniendo en cuenta aspectos puramente emocionales y, en el sentido etimológico, sentimentales. Instintivamente, uno consideraría un edificio o un espacio urbano sólo a través de la lente de la concreción, haciendo hincapié en sus aspectos mensurables, ciertos y tranquilizadores.
En los últimos años, sin embargo, algo nuevo se ha abierto paso en las disciplinas que gravitan en torno a la arquitectura y el urbanismo: se llama neuroarquitectura, nació hace unos 30 años gracias a los estudios del neurocientífico Fred Gage y su campo de estudio es la relación entre el entorno construido y el cerebro humano. Los espacios construidos, en definitiva, son capaces no sólo de responder a nuestras necesidades más inmediatas y funcionales, ligadas a la vida cotidiana, sino también de influir en nuestro cerebro y, en consecuencia, en nuestro comportamiento y en la exploración/conocimiento de nuestro entorno en sus distintos grados de proximidad.
El concepto de neuroarquitectura subraya la importancia de diseñar espacios que no sólo sean funcionales, sino que fomenten el bienestar mental y emocional mediante el uso consciente y hábil de ingredientes de diseño específicos.


El entorno, considerado en sus diversos componentes y en sus múltiples factores constitutivos y caracterizadores, se cuenta a quienes lo perciben y están inmersos en él, también y sobre todo a través de algo con lo que todo arquitecto y diseñador de interiores tiene un conocimiento íntimo y profundo: el color.
Pero, ¿cómo es el proceso por el que este factor consigue influir en las emociones, los pensamientos y el bienestar general? Y, sobre todo, ¿cómo puede utilizarse como herramienta de diseño de espacios?
La percepción del color comienza cuando la luz incide en la retina, estimulando los conos, células especializadas en la visión cromática. Sin embargo, el color no se limita a una función óptica; su papel como influenciador es mucho más significativo y está ligado a su capacidad para activar distintas áreas del cerebro, definiendo emociones y procesos cognitivos, que también están vinculados a experiencias de memoria y formación personal.
Veamos algunos ejemplos concretos. Estudios neurocientíficos demuestran que colores como el azul calman la actividad de la amígdala -parte del lóbulo temporal del cerebro que gestiona las emociones- reduciendo el estrés. El rojo, en cambio, estimula el sistema nervioso simpático -responsable de las reacciones más instintivas de ataque o huida- y aumenta la atención y la percepción del peligro.
El uso, en los hospitales, de tonos relajantes como el azul -que favorece la calma y la creatividad- y el verde -que reduce el estrés y la actividad cardiaca- ayuda a calmar a los pacientes, reduciendo la ansiedad y acompañando el postoperatorio y la recuperación con vibraciones positivas. Estos efectos están relacionados con la capacidad del color para actuar como distracción positiva, desviando la atención de factores estresantes como el dolor, percibido como profundamente negativo por nuestro cerebro.
En los espacios de trabajo y educativos, donde se requiere una concentración prolongada, el campo se abre de nuevo al azul, que favorece la calma y la creatividad. ¿Y el rojo? A dosificar con cuidado y utilizar con precaución, potencia la concentración focalizada, cargada de energía, por lo que es perfecto en contextos donde se realizan actividades que requieren atención y un enfoque directo y enérgico.


La psicología del color es hoy un campo bien establecido, con investigaciones que demuestran cómo las distintas tonalidades pueden influir en nuestro estado de ánimo y convertirse así en valiosos aliados del diseño.
Sin embargo, no se puede hablar del color en la arquitectura -y en la neuroarquitectura- sin mencionar el papel fundamental de potenciación y caracterización que desempeña en ella la luz. He aquí de nuevo un ejemplo concreto, apoyado en datos de encuestas estadísticas. Un estudio reciente realizado sobre una muestra de más de 21.000 alumnos demostró que las aulas con más luz natural y colores suaves mejoraban el rendimiento en lectura en un 26% y en matemáticas en un 20%.
Si unimos luz y color, podríamos continuar el discurso hablando de su temperatura. ¿Ha observado alguna vez, por ejemplo, cómo los colores fríos parecen alejar y aumentar la sensación de espacio y, por el contrario, los colores cálidos acercan y estrechan el espacio, envolviéndonos y conteniéndonos en él?
Si, entonces, además del color y la luz, dosificamos cuidadosamente la aportación del sonido, la creación de entornos capaces de mejorar la calidad de vida se acerca cada vez más a nuestra actividad cotidiana y operativa como diseñadores, atentos no sólo a la funcionalidad de lo que nace bajo el signo del lápiz o el ratón, sino también a sus significados más profundos y a su potencial expresivo y comunicativo.